De vez en cuando, no hay algo que haga sentir a una mujer más feliz y satisfecha que ir de compras. No sé qué efecto tan especial tiene el salir de una tienda flanqueada por bolsas grandes, el detenerse frente a los zapatos y verlos formaditos, de la talla correcta y de hermosas formas; el comprar un café y un pastelillo para recobrar fuerzas y seguir con el recorrido y terminar, finalmente, a solas en la habitación frente a un espejo grande, rodeada por todos los artículos que huelen a tienda y que necesitan ser planchados con vapor para quitar las arrugas de la novedad.
Pero toda esa felicidad se culmina cuando a la mañana siguiente, se porta discretamente la reciente adquisición. Estoy segura que el rostro resplandece. El ir de compras, es el mejor placebo emocional que he podido encontrar. Quizá esta tarde me anime a una dosis.
Pero toda esa felicidad se culmina cuando a la mañana siguiente, se porta discretamente la reciente adquisición. Estoy segura que el rostro resplandece. El ir de compras, es el mejor placebo emocional que he podido encontrar. Quizá esta tarde me anime a una dosis.

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