Toda la vida he batallado con mi peso. No soy precisamente gorda, pero aquello de tener figura de espárrago no se me da. Mi cuerpo es... digámoslo así... tiende a formar pronunciadas redondeces que, si uno no se cuida o si se fija demasiado, pueden convertirse en las mal llamadas "llantitas". Pero esto no me asusta. Estoy aprendiendo a enfrentarlo con valor. Por eso me levanto para ir al gimnasio a las 5:30 de la mañana.
Sin embargo, esto no es lo que quiero decir. Lo que quiero contar es el placer de levantarse pasada la media noche, bajar a la cocina en albornoz, abrir el refrigerador y preparar un sandwich maravilloso, a dos niveles. Ya puedo imaginarme la escena: sacar todo sigilosamente (no sea que alguien nos escuche y quiera que se le prepare algo más elaborado); untar las tapas con deliciosos aderezos y poner un puntito de mostaza; rebanar tres tipos diferentes de carnes frías y ponerlos en delicadas tiras sobre el pan; trocear la lechuga, una rebanadita de tomate, pimiento morrón, queeeeso, pepinillos; aderezar con aceite de oliva, un toquecito de vinagreta, sal, pimienta; cerrar el sandwich; partirlo en dos; y dar la gran mordida. Después de todo esto y dejar inmaculada la cocina (hay que eliminar la evidencia) se me va el sueño. Así que lo que viene es bajar y poner aquellas películas que nunca tienes tiempo de ver y con ellas quedarte dormida.
En la mañana, vuelta a empezar. Sonará la alarma del celular a las 5:30, indicando que el gimnasio no perdona ni la desvelada, ni la malpasada alimenticia. Pero bien lo vale. Ese sandwich furtivo de la madrugada me hace sentir y saborear las carnales debilidades.
Sin embargo, esto no es lo que quiero decir. Lo que quiero contar es el placer de levantarse pasada la media noche, bajar a la cocina en albornoz, abrir el refrigerador y preparar un sandwich maravilloso, a dos niveles. Ya puedo imaginarme la escena: sacar todo sigilosamente (no sea que alguien nos escuche y quiera que se le prepare algo más elaborado); untar las tapas con deliciosos aderezos y poner un puntito de mostaza; rebanar tres tipos diferentes de carnes frías y ponerlos en delicadas tiras sobre el pan; trocear la lechuga, una rebanadita de tomate, pimiento morrón, queeeeso, pepinillos; aderezar con aceite de oliva, un toquecito de vinagreta, sal, pimienta; cerrar el sandwich; partirlo en dos; y dar la gran mordida. Después de todo esto y dejar inmaculada la cocina (hay que eliminar la evidencia) se me va el sueño. Así que lo que viene es bajar y poner aquellas películas que nunca tienes tiempo de ver y con ellas quedarte dormida.
En la mañana, vuelta a empezar. Sonará la alarma del celular a las 5:30, indicando que el gimnasio no perdona ni la desvelada, ni la malpasada alimenticia. Pero bien lo vale. Ese sandwich furtivo de la madrugada me hace sentir y saborear las carnales debilidades.

2 comentarios:
Has despertado en mí la inquietud culinaria. En que momento cubrir una necesidad fisiología se convirtió en un arte elaborada y satisfactoria. Si actualmente todos en el mundo botan por las nuevas 7 maravillas globales por que no hacemos una organización que ponga a botar a la gente para escoger las 7 nuevas bellas artes y tener entre ellas a la de cocinar.
¡Me puede encantar la idea! ¿Por qué no inicias tú un blog para pedir las votaciones por las nuevas 7 bellas artes?
Me alegra haberte despertado la inquietud culinaria. Tú bien sabes que disfruto enormemente cuando vienes a estar conmigo y fingimos saber algo de cocina, comemos, platicamos... y así se nos va la noche entera, o la mañana, o la tarde, o lo que sea. Yo creo que te quiero porque disfrutas algo así conmigo.
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