julio 04, 2009

Un día

Me han pasado algunas cosas interesantes en los últimos días. Me he dado cuenta que las 24 hrs, que representan 1.440 minutos, a veces no me bastan para hacer todo lo que quiero hacer, lo que necesito hacer, lo que me urge hacer.

Pero de pronto, en medio de es vorágine, llegan instantes que me cambian la esperada rutina. Amigos que se compadecen de mi situación y me traen cena a la oficina, me traen jazz, inundan mi lugar de trabajo con los olores del pastel recién horneado y el ya aborrecido sabor del café puesto una y mil veces en mi minúscula cafetera personal de escritorio.

Y entre todo eso me ha dado por pensar un poco, durante las noches de insomnio, que no me dejan tranquila. No creo del todo en eso de cerrar los ciclos. Me gusta más pensar que únicamente cuento con lo que dura un sólo día, con esas preciadas 1,440 oportunidades, para planear, crear, deshacer, entretejer y rehacerme la vida. Y el día de ayer, y el día de hoy, y el día de mañana, ya tomé decisiones sobre cosas qué cerrar.

julio 03, 2009

Reconozco tus pisadas


Mi hermana camina despacio, con aplomo, con una elegancia vacilante de la que no está consiente. Y pienso en ella mientras espero en mi silenciosa oficina. Sé que cuando escuche sus pasos, inmediatamente voy a saber que es ella. Toda hermosa, toda frágil, toda imponente, toda tímida, toda risa.

junio 30, 2009

Recuento de junio

Junio soleado, junio intempestivo.

Este junio estuvo casi ausente. Me dieron ganas de olvidarlo, de no nombrarlo, de hacer que la memoria colectiva lo pasara por alto.

Pero no pude. Junio me recordó a mí todo lo que soy.

junio 24, 2009

La lluvia y el paraguas


Ayer, sin querer, quedé atrapada bajo la lluvia. La tarde era preciosa, nublada y brumosa, así que la obviedad llamaba a la lluvia. Sin embargo quise no hacerle caso y me senté en la banca de un parque, para abrir un sobre y leer importante información.

De pronto, el cielo se cerró aún más y empezaron a caer gotas muy grandes. De esas que te empañan los lentes y te impiden andar más allá de 5 pasos. Así fue como me refugié bajo una iglesia. De verdad que disfrutaba el paisaje, el fresquecillo de verano y el encanto de estar allí, en medio de nadie y tan lejos de todo.

Y antes de que la lluvia amainara, apareció un atractivo caballero con un paraguas, dispuesto, con toda gentileza, a llevarme a mi auto. Yo me sentí tentada a negarme, bien podía esperar unos minutos más para salir de allí, pero sus ojos, su voz y su irresistible expresión me hicieron aceptar su propuesta.

La verdad había más aire que lluvia y el paraguas empezó a estorbar justo cuando llegamos a mi carro. Me di cuenta que de una u otra forma debía agradecer su galantería, así que lo invité a tomar un café en mi casa. Nos sentamos en la terraza y nos quedamos allí hasta que la luz se extinguió, nos empapó la conversación y el recuerdo de tardes felices.

Y sé que cuando sea vieja y alguien me pida recordar alguna tarde de cuando todavía no tenía arrugas, indudablemente ésta formará parte de una época de mi vida en que fui feliz.

junio 23, 2009

Quiero maravillarme con las cosas nuevas

Quiero descubrirte y que me guste encontrar cosas nuevas. Quiero que me regales un collar de letras, una mañana tachonada de estrellas, silencios estridentes y visitas tan ruidosas que me dejen sorda.

Tengo tantas ganas, a veces, de descubrir al amor espiándome y tomar la decisión de dejarlo entrar o cerrarle para siempre la puerta. Pero más que nada, tengo ganas de maravillarme con cosas nuevas. De asombrarme con todo. De dejar que cualquier minuto del día me haga la más feliz.

junio 22, 2009

Boda sin compromiso

Este fin de semana viví un sábado cualquiera, con las mismas actividades de los últimos meses que obviamente incluyen despedidas de soltera, comidas familiares y bodas. Ahora que lo pienso, mis sábados terminan en boda, aunque no lo tenga propiamente planeado.

Estando en uno de esos eventos sociales donde las mujeres conversan, dan consejos a la próxima señora, hablan de ropa, tendencias en colores, historias antiguas de amor y cuentan cómo es que son las más cercanas a los próximos desposados, un atractivo caballero me llamó para rescatarme de esa carga excesiva de feminidad.

Salí gustosa de ese lugar, no porque no estuviera entretenida, sino que me sentí tranquila de respirar el aire fresco una mañana soleada de sábado, en vez del conocido ambiente enrarecido de los restaurantes de especialidad durante los desayunos. Y de allí en adelante, después de cumplir con los trámites por los que había sido solicitada mi presencia, con mi vestido de vuelos azules, me dediqué a hablar de lo que me gusta, tomar lo que me gusta, contemplar lo que me gusta. Hora tras hora nos sentamos a conversar y no, a planear el futuro inmediato y el disfuncional futuro lejano, inexistente, brumoso, pero optimista.

Y en un segundo, me vi envuelta en el sueño de una familia nueva, de hijos por educar, de alguien a quién cuidar, de familia política, de navidades compartidas, de discusiones por los nombres de los pequeños, de pagos de seguros de vida y de colegiaturas. Así fue como en menos de 2 horas resolvimos unir nuestras vidas en ese mismo futuro disfuncional, lejano e inexistente que nos puede convenir tanto, a mi compañero y a mí.

Y gracias a esa euforia de sueños, decidimos ir a otro lugar, sentarnos a contemplar las plazas del centro, las iglesias, los parques. Ser parte y no de los viandantes que quieren ser invisibles, que se sientan en un kiosco a darle color a sus zapatos, a despercudirse el polvo de la semana y a refrescar la información que puedan obtener de otros que tampoco tiene algo que ver con ellos mismos. Esa fotografía, vista a través de mi vaso con agua mineral y la cerveza de mi compañía, tomó matices que no esperábamos para esa tarde.

De pronto, frente a la iglesia que teníamos enfrente, empezó a reunirse un grupo de personas de trajes brillosos, algunos, a mi gusto, más descubiertos de lo que el decoro permite para los recintos religiosos. Pero eso no importaba, porque era notorio que la felicidad lo cubría todo. Y una y otra vez vimos dar vueltas a un novio ansioso, indeciso quizá, meditabundo, asustado. Hasta que entró a la iglesia y nos olvidamos del asunto. Pero, a los pocos minutos, otra cosa llamó nuestra atención: en la bayoneta se formaron dos autos de novia, llenos de flores y moños. Por un momento pensamos que uno sería del novio y otro de la novia. Pero, observando detenidamente, notamos como dentro de uno de los autos se arremolinaba un merengue inmaculado de tul, organza, chifones y tafeta; y en el otro venía invadido por plumas, flores y un perfume escandaloso que se percibía hasta el restaurante donde estábamos sentados.

Dos novias, dos bodas. La curiosidad hizo presa de nosotros. Especulamos mucho sobre el motivo de una ceremonia doble. ¿Amigas inseparables? ¿Desconocidas resignadas a compartir gracias a la falta de espacios exclusivos? La única forma de averiguarlo era asistiendo a la ceremonia. Unos minutos después, ya estábamos dentro de la iglesia, escuchando los votos de amor de dos parejas. Ellas eran hermanas y obviamente le dieron a la mayor el honor de ser casada primero. Fue allí en el atrio donde nos enteramos de la vida de ambas. Una se casaba con un extranjero, la otra se casaba con el amor de su vida. Y entre felicitaciones, parabienes, abrazos, globos al viento y gozo ajeno, fingimos conocer y saber la vida entera de quienes nos habían causado curiosidad. Y como eso no podía parar allí, como las tradiciones deben cumplirse, celebramos una boda más un fin de semana que teníamos libre.

Y luego, después de reflexionar lo suficiente, caigo en cuenta de que la vida cambia en un momento. Y no me refiero al hecho de asistir o no a eventos sociales. Más bien, hablo de que estoy ansiosa esperando que la vida me sorprenda con llamadas espontáneas, tazas de café no planeadas y burbujeantes bebidas que abran mis ojos y mi corazón para que yo pueda notar cuando el destino tenga mi nombre escrito. Los sueños de familias inexistentes son sólo eso: fantasías. Lo que es hoy, es que disfruto de momentos inesperados con compañías esperadas. Me gustaría asegurar que mi futuro piensa lo mismo que el hoy, pero con un ligero cambio: un poco de amor.

junio 18, 2009

Más ciudades, más colores


El mes de junio ha sido de mucho movimiento en mi vida. He tenido todos los días ocupados, con tantas cosas por hacer, por celebrar, por trabajar, por meditar.

Y entre carreteras, aeropuertos, estaciones, hoteles y ciudades ocultas, me doy cuenta de que esa vida me gusta. No me agoto, no me harto, no me desespero. Todo lo contrario. Disfruto tanto admirando otros paisajes, otros amaneceres.

Los viajes de trabajo no son sencillos. Es poco el tiempo con el que se cuenta para conocer, para caminar despacio. Todo el tiempo son prisas, desmañanadas, contacto con desconocidos que se vuelven demasiado cercanos a fuerza de pasar más de 10 hrs al día juntos.

Pero, entre esa vorágine, me gusta encontrar unos minutos para caminar por los lugares, por los viejos adoquines de las ciudades coloniales, por los paseos arbolados de las metrópolis, de disfrutar a lo que sabe el café de otras partes, de descubrir a qué huele el agua, a qué sabe la sazón.

Y en esta visita, me encontré reconociendo el sabor de la menta, del chile y del huitlacoche en platos de barro pintado a mano. Me di por enterada de que en el centro oscurece más tarde y el tiempo corre muchísimo más lento. También, que una habitación de hotel es igual aquí y en cualquier lugar, si se tiene el ansia de estar afuera.

México es un país hermoso, hermoso, hermoso. A veces no estoy consiente de que todo está lejos, pero está cercas. Que es cuestión de tomar un avión que me lleve a disfrutar de un restaurante diferente, de un ambiente diferente. Que mi vida es diferente cuando salgo de esta ubicación geográfica.

Y entre lluvias vespertinas, sabores a pátina y unos minutos para respirar otro aire, me volví alguien diferente. La vida es tan diferente, aunque es la mía, la misma, la de siempre.

Definitivamente, de bueno humor me pone estar un poco lejos. El tiempo suficiente como para no extrañar, pero sí para despercudirme de la rutina.

mayo 31, 2009

Recuento de Mayo

Mayo no fue un mes más. En mayo llueve para algunos, para otros se terminan las clases, unos más piensan en el verano y en la emoción de todo lo que vendrá.

Para mí, mayo se llenó de emociones muy extrañas. Tuve excelentes noticias de la felicidad de la gente que amo; no tuve noticias de personas que están siempre presentes en mi vida; hice muchas cosas de la universidad; me saturó el trabajo; me saturó la vida. No fui al cine, me invadió un temor a la rutina. En mayo hice dieta a conciencia. Y en el mismo mayo aumenté tres kilos.

Mayo siempre es un mes extraño. Hay años en que la mitad es muy confusa, casi dolorosa y luego se torna en luz, en color, en claridad. Este mayo fue nebuloso. Fue por completo lluvioso. No me atacó el calor, todo lo contrario. Pasé tantas horas encerrada en mi oficina que me fue imposible notar el clima exterior.

Mayo fue un proceso de interiorización que no me gustó tanto. Mayo son cuatro letras que todavía me pesan mucho.

mayo 27, 2009

Presagios de boda


Con 14 años de novios, mis amigos decidieron casarse. Ella es como una princesa española. Delgada, alta, con ese aire de altivez y mirada profunda, que logra un efecto de atracción ineludible. Él, agradable, guapo, protector y con ojos únicamente para ella. Se conocieron desde niños, se amaron desde niños y soñaron con estar juntos el resto de su vida.

Así que una buena tarde, en una ciudad pequeña decidieron frente a un dorado altar jurarse amor eterno frente a Dios, la sociedad y la familia.

Y luego, la fiesta en un palacio con filos de oro y columnas de cantera. Música para bailar toda la noche, olor a flores y ambiente festivo. Todo en perfecto blanco con perla. Todo exudabndo felicidad, alegría, realización, eternidad.

Pero en medio de todas esas personas conocidas y desconocidas, me encontré soñando en una noche que no se terminó, es más, que ni siquiera llegó a empezar cuando ya el amanecer nos sorprendió a todos. Y antes de todo esto, las típicas tradiciones: el baile de los novios, el brindis, los buenos deseos, el regocijo, el dulce turrón y el escandaloso ramo que avisa quién será la que fungirá de anfitriona en la siguiente ceremonia.

Siempre le he temido a este tipo de ritos. He de confesar que me caen mal. Me disgusta la formación, la danza frente a los ojos escrutadores de los presentes, viendo cara de solteronas ansiosas a todas las participantes. Yo voy impulsada por el ánimo de mis amigas, por las burlas de mi hermana o por el simple compromiso. Si no existen los anteriores elementos, ni lo intento. Finjo ser invisible durante 5 minutos. Sin embargo, ya que en ocasiones es ineludible "la marcha de la soltería y la decepción", tengo una técnica: ponerme lo más atrás posible y a la izquierda. Nadie lanza los ramos hacia la izquierda ni tan atrás. Y en esta ocasión, en la boda de mi querida amiga, quedé pegada a una de las columnas, siendo imposible que me hiciera más atrás. Pero, de pronto, después de toda la ridiculez previa al "lanzamiento de la bendición", veo a una horda de mujeres en bufa ansiosas por obtener, a costa de lo que sea, el amuleto de la felicidad postrera.

Yo no tuve más remedio que asirme de lo que me había caído en el regazo. Y lo levanté como bandera blanca, pidiendo paz, dando entender que lo entregaría a la que lo quisiera con tal de salir ilesa de esa espantosa situación. En ese instante, la música sonó alegremente, celebrando a la ganadora. No tuve más remedio que sonreír y dirigirme a mi lugar con el trofeo en la mano.

A partir de ese momento, tomé conciencia de que yo era la mujer más importante de toda la fiesta. La novia había pasado a segundo término, lo importante de allí en adelante, es que en los próximos días habrá una fiesta y yo luciré el albo traje, habrá música, brindis, chocolates, flores, turrones, tules y regalos... todo hasta que otra mujer asustada tome la estafeta del matrimonio entre sus manos, con tal de no ser devorada por las ansiosas.

Los presagios de boda son lo que son. Olorosas flores que te anuncian que la vida es hermosa. Yo no necesito un hombre vestido de tuxedo que me cargue en el umbral. Lo que necesito es un buen compañero de baile, un excelente conversador, amigas animosas y un bonito vestido para disfrutar la siguiente boda, que, aseguro, no es la mía.

mayo 26, 2009

Fin de semana de hace 50 años


Este fin de semana tuve una más de las bodas de mis amigas. Pero en esta ocasión no fue en la ciudad, en los conocidos lugares. Ahora tuve que viajar algunos cientos de kilómetros, hasta llegar a una encantadora ciudad pequeña, de esas que se antojan caminarlas, detenerse en cada esquina donde no ha pasado el tiempo.

Y de pronto, me vi transportada 50 años atrás. Y yo era la misma. Fue un fin de semana maravilloso en el que me reí de cualquier cosa, bailé mucho, me vestí de negro, de rosa, de verde, de colores que nunca uso y de los colores de siempre. Por una noche me sentí hermosa, sentí que en ese lugar no importaba quién yo fuera.

Y anduvimos una y otra vez, perdiéndonos en las laberínticas calles, sorprendiéndonos por las antiguas construcciones, ansiando descubrir olores nuevos que nos llevaran a sabores diferentes. La noche nunca llegó. La tarde se convirtió en mañana que dio su aviso porque las risas empezaron a agotarse y los ojos a perder su brillo.

Y luego, de vuelta a buscar un lindo restaurante de verdiazules tonos, con neón en las esquinas y sillones forrados en vinil. No hubo malteada de fresas al final, ni siquiera había rockola. Lo que hubo fue una larga carretera y más horas de conversación infinita, prometiendo hacerlo de nuevo. El auto quedó impregnado del olor a flores frescas, de los brillos de mi vestido y de ese aire de familiaridad que tanto me asusta a veces.

Y no tuve mas que pensar que a inicio de este año, desee conocer otros lugares, desee perderme en desconocidas calles, desee que las tardes no se terminaran, ni que mis pies se cansaran. Desee viajar con poco equipaje y ser más feliz que siempre. Y hoy soy más feliz que siempre.

mayo 15, 2009

Consulta médica gratuita


Estas últimas semanas han sido de muchísimo trabajo. La verdad no he tenido ni un momento para respirar. Cuando todo mundo estaba siendo cuidadoso de no salir, de no ir a lugares concurridos, de no tener contacto directo con otros; yo estaba observando las mismas medidas pero por cuestiones de trabajo. Estuve encerrada aquí en mi oficina, viendo cómo el día se le escapaba a mi ventana, hasta que volvía a encontrarlo.

El único día que tomé fue uno de esos viernes de asueto y la verdad quedé horrorizada. Me urgía salir a cualesquier lugar: ir al cine, a cenar a un bonito lugar, tomar un café, comprar libros, lo que sea. Pero esta ciudad estaba muerta y junto con ella la diversión en el exterior.

Pero, ayer que decidí no hacer lo de siempre y seguir trabajando en la tarde, al ir a recoger unos materiales me topé con un médico que estaba prendado de una pantalla de televisión. Al parecer el fútbol lo tenía absorto. Él me asustó al gritar con emoción en un "casi gol" y él se asustó al notar que a quien quería abrazar no era su hijo, si no yo que cambié de lugar con él.
Después de este incidente todo fue risas. Le pregunté por el partido, por los participantes y por su afición. Él me preguntó por mi cara de cansancio y en un segundo me tomó la presión, la saturación de oxígeno y me dio un diagnóstico: usted es muy tranquila, su corazón está muy tranquilo... se me hace que le falta emoción, aunque sea con un partido de fútbol malo.

Me hizo reír y el resto de la tarde, pensé que una enfermedad que no me tocó, sí logró afectar a todo mi entorno, incluso a mí, que no la viví mas que en las noticias de madrugada.

Veré qué puedo hacer este fin de semana, antes de todas las bodas, para lograr que mi corazón palpite muy fuerte.

abril 28, 2009

Recuento de abril


Mi ciudad se torna de diferentes colores cada día. Ayer que salí del trabajo y fui a hacer unas compras, me sorprendí al ver que la gente usaba azules, blancos y verdes. Muchas sonrisas estaban cubiertas por nítidas telas que hacían que los portadores se ciñeran a ellas como única salvación hacia algo que no sabemos en qué va a desencadenar.

En lo personal no conozco a alguien que esté con este problema de frente. Todo mi país está enfermo de incertidumbre, de temor hacia algo que no ve, pero que sabe que a un porcentaje le tocará vivir, según dictan las estadísticas.

La palabra pandemia da miedo. La palabra epidemia genera escozor. La palabra muerte reproduce un silencio hondo. Y la palabra cura casi no se escucha. Lo que sí sé es que pandemia, epidemia y muerte han borrado de la memoria otras palabras como sicarios, narcotráfico, política, crisis. Incluso la palabra sismo dejó de importar.

Pero, no voy a pensar en todo lo anterior. Simplemente me voy a llenar de colores cuando imagine que la gente sonríe detrás de sus máscaras, cuando descubra la sombra de los dientes de los ancianos y cuando una madre se exaspere con los niños inoficiosos y arriesgue su vida quitándose su máscara para poder gritarles más fuerte.

Es más, aunque yo no uso de esas máscaras quirúrgicas, decidí esta mañana vestirme de colores combinables con los tonos de este fin de abril. A un lado el amarillo. Lo de ahora es el verde hospital.