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marzo 29, 2010
El Funeral de las Letras
Para mi tristeza, el teclado de la computadora es un constante sepelio de letras. Cada click me recuerda la marcha fúnebre de maravillosos textos que maté con la barra espaciadora.
Del día laboral, el 60% del tiempo lo dedico a escribir. Redacto mamotretos que al fin de cuentas, creo que nadie lee, ni siquiera yo después de haberlos terminado. Mis clientes se conforman con el resumen ejecutivo y mis grandes empastados son el símbolo de que hay un gran sustento sobre cada estudio que "ayuda a reducir el riesgo en la toma de decisiones". Decisiones que ya están sobre la mesa, antes de ver cualquier resultado.
Hay veces en las que quizá me gustaría dedicarle un poco de ese valioso tiempo, a escribir sobre otros temas (aunque debo confesar que mi trabajo me fascina). Sin embargo, llego a la conclusión de que lo mío es leer. Me deleito llenándome de párrafos que no cayeron en el cementerio de mi computadora usada.
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marzo 19, 2010
Viendo Pasar al Tren
El día de hoy me sucedió algo inesperado. Me quedé varada en la calle, mientras pasaba el tren. Y durante 30 minutos conté vagones, escuché la música de los automóviles continuos, observé detenidamente el comportamiento del hombre de atrás (bendito espejo retrovisor) y me detuve a oír los ruidos de la ciudad.
El tren hace que se genere un silencio que hasta puede dar un poco de miedo. Por un instante, el ruido de los motores se detiene y lo único que queda es ese chirrido tenebroso del andar de las ruedas motrices sobre la vía. Algún osado motociclista rompe la armonía del instante, al mover su vehículo hasta el frente de la fila, pero se da cuenta de que no por eso va a poder pasar la barrera infranqueable. Porque eso es al fin de cuentas. La ciudad se detiene forzudamente ante un antiguo armatoste al que no le importa que yo tenga que estar a tiempo en la junta de las 10:00 am. Tampoco sabe de ambulancias, sicarios o estudiantes a punto de tener examen final. El tren es el tren y no hay quien lo pare.
Así fue como esta mañana vagón tras vagón, minuto tras minuto, pude reflexionar sobre lo limitada que es mi voluntad sobre ciertas cosas. Lo único que me queda en ocasiones, es ser espectadora de una vida maravillosa.
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marzo 05, 2010
Se me rompieron los minutos
En el mes de julio se me rompieron los minutos por muchos motivos. Ya no sé si yo los dejé caer o si hubo determinado suceso que me cimbró a tal grado de olvidar (o querer evadir) uno de los placeres de la vida: escribir.
El punto es que, julio fue el mes más difícil de todo el 2009. Para empezar, murió un querido amigo. Su muerte no me hizo derramar muchas lágrimas el día en que me enteré. Al contrario, tenía que contenerme para poder ser de apoyo para quienes lo aman tanto. Pero, 10 días después, empecé a llorar y no pude parar. Lloré en hombros de mi querida Edith, quien me dejó sollozar cuanto necesitara, sin darme palabras de aliento. Todo lo contrario. Fue un hombro silencioso, quien fingió que no había pasado algo.
Luego, decidí retomar un tratamiento médico que fue más duro de lo que esperaba. Y no fue duro por cuestión de que me doliera el cuerpo, si no por el hecho de que me hizo reflexionar aún más de la fragilidad de la vida. A la fecha, ésta ha sido de las decisiones más importantes que he podido tomar en mi vida. Estoy tranquila, mesurada, reflexiva y de buen humor. No sé qué sea lo que me depara el futuro, pero sé que el inexorable destino ya escribió todo lo que necesito saber en cuestiones de salud.
Después, tuve un alejamiento programado de alguien a quien amo profundamente. Lo hice por mi bien, no por el de él. Lo hice porque me tiene aterida el pensar que mi ser dependa tanto de su ser. Cuánto dolor le causó a mi corazón el contemplar tenerlo lejos durante un buen tiempo.
También, las circunstancias me encararon a poner riendas en un asunto olvidado, en un tema en el que seguía siendo una niña, a pesar de que la vida misma ya corrió muy lejos de esa etapa. Y lo enfrenté con un sigilo tendiente a la cautela más que al silencio. El asunto, el día de hoy sigue siendo un secreto que me hace feliz. Me descubro cada día sonriendo ante ese misterio que sólo me corresponde a mí.
Pero los minutos (como bien dicen), lo curan todo. Y hoy estoy aquí, después de un julio vertiginoso, un julio de reflexiones y de enfrentamientos. Paré los Minutos en Blanco y Negro, porque el reloj se me había roto. Pero hoy, decidí tomar los engranes, las manecillas y los números, para irlos armando poco a poco. Me gusta sentir como, entre mis manos, acariciando mis dedos, la fragilidad del tiempo se materializa en letras.
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noviembre 17, 2009
Días de oficina, días de cine

El programa favorito de televisión de mi mejor amigo es Días de Cine. Yo lo he visto pocas veces, sólo cuando él me lo recomienda, porque lo cierto es que no tengo Televisión Española.
Pero ahora he pensado que mi día es como los cortos de ese programa: Un momento hablo de un tema, otro de otro... mis días son entre oficina y cine.
Y fui a 5 juntas con personas que no conozco y que para demostrar su poder y hombría se paran tras un imponente escritorio, con mirada inquisitiva, juzgando mi desempeño. También vi una película de hombres que, para sentirse hombres, se desnudan con singular alegría, deshaciéndose de la ropa, de sus prejuicios y pudores en un bizarro espectáculo.
El día fue digno de cualquier película en donde el varón es el protagonista.
Y yo, yo sólo soy un observador más en esta fórmula que no sé si tenga resolución.
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noviembre 16, 2009
La Ciudad está Muerta
Esta ciudad está muerta.
No hace frío, no hace calor. No hace aire, ni llueve. Simplemente, por 3 días se paró todo.
Los restaurantes cerraron, mis amistades se fueron, mi corazón también se fue por allí.
Y mañana voy a despertarme temprano y, poco a poco, con mi taza de café en mano, voy a ver cómo la ciudad resucita a través de la gran pared de cristal de mi oficina.
Van a regresar los oficinistas frustrados, las madres aceleradas y la gente feliz va a inundar las calles. Voy a escuchar el bullicio de los autos, de la música de algún conductor estridente.
Y por un minuto, voy a desear haber eternizado este momento en el que estoy sentada en un conocido café, tomando otra botella de agua mineral y tentada a pedir un espresso más.
Sin embargo, la vida sigue y sé que me agrada todo ese movimiento que hace que mi vida sea trepidante de vez en vez. Las mañanas ruidosas son hermosas, siempre y cuando sepa, que puedo escapar de aquí cuando yo quiera.
junio 24, 2009
La lluvia y el paraguas

Ayer, sin querer, quedé atrapada bajo la lluvia. La tarde era preciosa, nublada y brumosa, así que la obviedad llamaba a la lluvia. Sin embargo quise no hacerle caso y me senté en la banca de un parque, para abrir un sobre y leer importante información.
De pronto, el cielo se cerró aún más y empezaron a caer gotas muy grandes. De esas que te empañan los lentes y te impiden andar más allá de 5 pasos. Así fue como me refugié bajo una iglesia. De verdad que disfrutaba el paisaje, el fresquecillo de verano y el encanto de estar allí, en medio de nadie y tan lejos de todo.
Y antes de que la lluvia amainara, apareció un atractivo caballero con un paraguas, dispuesto, con toda gentileza, a llevarme a mi auto. Yo me sentí tentada a negarme, bien podía esperar unos minutos más para salir de allí, pero sus ojos, su voz y su irresistible expresión me hicieron aceptar su propuesta.
La verdad había más aire que lluvia y el paraguas empezó a estorbar justo cuando llegamos a mi carro. Me di cuenta que de una u otra forma debía agradecer su galantería, así que lo invité a tomar un café en mi casa. Nos sentamos en la terraza y nos quedamos allí hasta que la luz se extinguió, nos empapó la conversación y el recuerdo de tardes felices.
Y sé que cuando sea vieja y alguien me pida recordar alguna tarde de cuando todavía no tenía arrugas, indudablemente ésta formará parte de una época de mi vida en que fui feliz.
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junio 23, 2009
Quiero maravillarme con las cosas nuevas
Quiero descubrirte y que me guste encontrar cosas nuevas. Quiero que me regales un collar de letras, una mañana tachonada de estrellas, silencios estridentes y visitas tan ruidosas que me dejen sorda.
Tengo tantas ganas, a veces, de descubrir al amor espiándome y tomar la decisión de dejarlo entrar o cerrarle para siempre la puerta. Pero más que nada, tengo ganas de maravillarme con cosas nuevas. De asombrarme con todo. De dejar que cualquier minuto del día me haga la más feliz.
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junio 22, 2009
Boda sin compromiso
Este fin de semana viví un sábado cualquiera, con las mismas actividades de los últimos meses que obviamente incluyen despedidas de soltera, comidas familiares y bodas. Ahora que lo pienso, mis sábados terminan en boda, aunque no lo tenga propiamente planeado.
Estando en uno de esos eventos sociales donde las mujeres conversan, dan consejos a la próxima señora, hablan de ropa, tendencias en colores, historias antiguas de amor y cuentan cómo es que son las más cercanas a los próximos desposados, un atractivo caballero me llamó para rescatarme de esa carga excesiva de feminidad.
Salí gustosa de ese lugar, no porque no estuviera entretenida, sino que me sentí tranquila de respirar el aire fresco una mañana soleada de sábado, en vez del conocido ambiente enrarecido de los restaurantes de especialidad durante los desayunos. Y de allí en adelante, después de cumplir con los trámites por los que había sido solicitada mi presencia, con mi vestido de vuelos azules, me dediqué a hablar de lo que me gusta, tomar lo que me gusta, contemplar lo que me gusta. Hora tras hora nos sentamos a conversar y no, a planear el futuro inmediato y el disfuncional futuro lejano, inexistente, brumoso, pero optimista.
Y en un segundo, me vi envuelta en el sueño de una familia nueva, de hijos por educar, de alguien a quién cuidar, de familia política, de navidades compartidas, de discusiones por los nombres de los pequeños, de pagos de seguros de vida y de colegiaturas. Así fue como en menos de 2 horas resolvimos unir nuestras vidas en ese mismo futuro disfuncional, lejano e inexistente que nos puede convenir tanto, a mi compañero y a mí.
Y gracias a esa euforia de sueños, decidimos ir a otro lugar, sentarnos a contemplar las plazas del centro, las iglesias, los parques. Ser parte y no de los viandantes que quieren ser invisibles, que se sientan en un kiosco a darle color a sus zapatos, a despercudirse el polvo de la semana y a refrescar la información que puedan obtener de otros que tampoco tiene algo que ver con ellos mismos. Esa fotografía, vista a través de mi vaso con agua mineral y la cerveza de mi compañía, tomó matices que no esperábamos para esa tarde.
De pronto, frente a la iglesia que teníamos enfrente, empezó a reunirse un grupo de personas de trajes brillosos, algunos, a mi gusto, más descubiertos de lo que el decoro permite para los recintos religiosos. Pero eso no importaba, porque era notorio que la felicidad lo cubría todo. Y una y otra vez vimos dar vueltas a un novio ansioso, indeciso quizá, meditabundo, asustado. Hasta que entró a la iglesia y nos olvidamos del asunto. Pero, a los pocos minutos, otra cosa llamó nuestra atención: en la bayoneta se formaron dos autos de novia, llenos de flores y moños. Por un momento pensamos que uno sería del novio y otro de la novia. Pero, observando detenidamente, notamos como dentro de uno de los autos se arremolinaba un merengue inmaculado de tul, organza, chifones y tafeta; y en el otro venía invadido por plumas, flores y un perfume escandaloso que se percibía hasta el restaurante donde estábamos sentados.
Dos novias, dos bodas. La curiosidad hizo presa de nosotros. Especulamos mucho sobre el motivo de una ceremonia doble. ¿Amigas inseparables? ¿Desconocidas resignadas a compartir gracias a la falta de espacios exclusivos? La única forma de averiguarlo era asistiendo a la ceremonia. Unos minutos después, ya estábamos dentro de la iglesia, escuchando los votos de amor de dos parejas. Ellas eran hermanas y obviamente le dieron a la mayor el honor de ser casada primero. Fue allí en el atrio donde nos enteramos de la vida de ambas. Una se casaba con un extranjero, la otra se casaba con el amor de su vida. Y entre felicitaciones, parabienes, abrazos, globos al viento y gozo ajeno, fingimos conocer y saber la vida entera de quienes nos habían causado curiosidad. Y como eso no podía parar allí, como las tradiciones deben cumplirse, celebramos una boda más un fin de semana que teníamos libre.
Y luego, después de reflexionar lo suficiente, caigo en cuenta de que la vida cambia en un momento. Y no me refiero al hecho de asistir o no a eventos sociales. Más bien, hablo de que estoy ansiosa esperando que la vida me sorprenda con llamadas espontáneas, tazas de café no planeadas y burbujeantes bebidas que abran mis ojos y mi corazón para que yo pueda notar cuando el destino tenga mi nombre escrito. Los sueños de familias inexistentes son sólo eso: fantasías. Lo que es hoy, es que disfruto de momentos inesperados con compañías esperadas. Me gustaría asegurar que mi futuro piensa lo mismo que el hoy, pero con un ligero cambio: un poco de amor.
Estando en uno de esos eventos sociales donde las mujeres conversan, dan consejos a la próxima señora, hablan de ropa, tendencias en colores, historias antiguas de amor y cuentan cómo es que son las más cercanas a los próximos desposados, un atractivo caballero me llamó para rescatarme de esa carga excesiva de feminidad.
Salí gustosa de ese lugar, no porque no estuviera entretenida, sino que me sentí tranquila de respirar el aire fresco una mañana soleada de sábado, en vez del conocido ambiente enrarecido de los restaurantes de especialidad durante los desayunos. Y de allí en adelante, después de cumplir con los trámites por los que había sido solicitada mi presencia, con mi vestido de vuelos azules, me dediqué a hablar de lo que me gusta, tomar lo que me gusta, contemplar lo que me gusta. Hora tras hora nos sentamos a conversar y no, a planear el futuro inmediato y el disfuncional futuro lejano, inexistente, brumoso, pero optimista.
Y en un segundo, me vi envuelta en el sueño de una familia nueva, de hijos por educar, de alguien a quién cuidar, de familia política, de navidades compartidas, de discusiones por los nombres de los pequeños, de pagos de seguros de vida y de colegiaturas. Así fue como en menos de 2 horas resolvimos unir nuestras vidas en ese mismo futuro disfuncional, lejano e inexistente que nos puede convenir tanto, a mi compañero y a mí.
Y gracias a esa euforia de sueños, decidimos ir a otro lugar, sentarnos a contemplar las plazas del centro, las iglesias, los parques. Ser parte y no de los viandantes que quieren ser invisibles, que se sientan en un kiosco a darle color a sus zapatos, a despercudirse el polvo de la semana y a refrescar la información que puedan obtener de otros que tampoco tiene algo que ver con ellos mismos. Esa fotografía, vista a través de mi vaso con agua mineral y la cerveza de mi compañía, tomó matices que no esperábamos para esa tarde.
De pronto, frente a la iglesia que teníamos enfrente, empezó a reunirse un grupo de personas de trajes brillosos, algunos, a mi gusto, más descubiertos de lo que el decoro permite para los recintos religiosos. Pero eso no importaba, porque era notorio que la felicidad lo cubría todo. Y una y otra vez vimos dar vueltas a un novio ansioso, indeciso quizá, meditabundo, asustado. Hasta que entró a la iglesia y nos olvidamos del asunto. Pero, a los pocos minutos, otra cosa llamó nuestra atención: en la bayoneta se formaron dos autos de novia, llenos de flores y moños. Por un momento pensamos que uno sería del novio y otro de la novia. Pero, observando detenidamente, notamos como dentro de uno de los autos se arremolinaba un merengue inmaculado de tul, organza, chifones y tafeta; y en el otro venía invadido por plumas, flores y un perfume escandaloso que se percibía hasta el restaurante donde estábamos sentados.
Dos novias, dos bodas. La curiosidad hizo presa de nosotros. Especulamos mucho sobre el motivo de una ceremonia doble. ¿Amigas inseparables? ¿Desconocidas resignadas a compartir gracias a la falta de espacios exclusivos? La única forma de averiguarlo era asistiendo a la ceremonia. Unos minutos después, ya estábamos dentro de la iglesia, escuchando los votos de amor de dos parejas. Ellas eran hermanas y obviamente le dieron a la mayor el honor de ser casada primero. Fue allí en el atrio donde nos enteramos de la vida de ambas. Una se casaba con un extranjero, la otra se casaba con el amor de su vida. Y entre felicitaciones, parabienes, abrazos, globos al viento y gozo ajeno, fingimos conocer y saber la vida entera de quienes nos habían causado curiosidad. Y como eso no podía parar allí, como las tradiciones deben cumplirse, celebramos una boda más un fin de semana que teníamos libre.
Y luego, después de reflexionar lo suficiente, caigo en cuenta de que la vida cambia en un momento. Y no me refiero al hecho de asistir o no a eventos sociales. Más bien, hablo de que estoy ansiosa esperando que la vida me sorprenda con llamadas espontáneas, tazas de café no planeadas y burbujeantes bebidas que abran mis ojos y mi corazón para que yo pueda notar cuando el destino tenga mi nombre escrito. Los sueños de familias inexistentes son sólo eso: fantasías. Lo que es hoy, es que disfruto de momentos inesperados con compañías esperadas. Me gustaría asegurar que mi futuro piensa lo mismo que el hoy, pero con un ligero cambio: un poco de amor.
junio 18, 2009
Más ciudades, más colores
El mes de junio ha sido de mucho movimiento en mi vida. He tenido todos los días ocupados, con tantas cosas por hacer, por celebrar, por trabajar, por meditar.
Y entre carreteras, aeropuertos, estaciones, hoteles y ciudades ocultas, me doy cuenta de que esa vida me gusta. No me agoto, no me harto, no me desespero. Todo lo contrario. Disfruto tanto admirando otros paisajes, otros amaneceres.
Los viajes de trabajo no son sencillos. Es poco el tiempo con el que se cuenta para conocer, para caminar despacio. Todo el tiempo son prisas, desmañanadas, contacto con desconocidos que se vuelven demasiado cercanos a fuerza de pasar más de 10 hrs al día juntos.
Pero, entre esa vorágine, me gusta encontrar unos minutos para caminar por los lugares, por los viejos adoquines de las ciudades coloniales, por los paseos arbolados de las metrópolis, de disfrutar a lo que sabe el café de otras partes, de descubrir a qué huele el agua, a qué sabe la sazón.
Y en esta visita, me encontré reconociendo el sabor de la menta, del chile y del huitlacoche en platos de barro pintado a mano. Me di por enterada de que en el centro oscurece más tarde y el tiempo corre muchísimo más lento. También, que una habitación de hotel es igual aquí y en cualquier lugar, si se tiene el ansia de estar afuera.
México es un país hermoso, hermoso, hermoso. A veces no estoy consiente de que todo está lejos, pero está cercas. Que es cuestión de tomar un avión que me lleve a disfrutar de un restaurante diferente, de un ambiente diferente. Que mi vida es diferente cuando salgo de esta ubicación geográfica.
Y entre lluvias vespertinas, sabores a pátina y unos minutos para respirar otro aire, me volví alguien diferente. La vida es tan diferente, aunque es la mía, la misma, la de siempre.
Definitivamente, de bueno humor me pone estar un poco lejos. El tiempo suficiente como para no extrañar, pero sí para despercudirme de la rutina.
Y entre carreteras, aeropuertos, estaciones, hoteles y ciudades ocultas, me doy cuenta de que esa vida me gusta. No me agoto, no me harto, no me desespero. Todo lo contrario. Disfruto tanto admirando otros paisajes, otros amaneceres.
Los viajes de trabajo no son sencillos. Es poco el tiempo con el que se cuenta para conocer, para caminar despacio. Todo el tiempo son prisas, desmañanadas, contacto con desconocidos que se vuelven demasiado cercanos a fuerza de pasar más de 10 hrs al día juntos.
Pero, entre esa vorágine, me gusta encontrar unos minutos para caminar por los lugares, por los viejos adoquines de las ciudades coloniales, por los paseos arbolados de las metrópolis, de disfrutar a lo que sabe el café de otras partes, de descubrir a qué huele el agua, a qué sabe la sazón.
Y en esta visita, me encontré reconociendo el sabor de la menta, del chile y del huitlacoche en platos de barro pintado a mano. Me di por enterada de que en el centro oscurece más tarde y el tiempo corre muchísimo más lento. También, que una habitación de hotel es igual aquí y en cualquier lugar, si se tiene el ansia de estar afuera.
México es un país hermoso, hermoso, hermoso. A veces no estoy consiente de que todo está lejos, pero está cercas. Que es cuestión de tomar un avión que me lleve a disfrutar de un restaurante diferente, de un ambiente diferente. Que mi vida es diferente cuando salgo de esta ubicación geográfica.
Y entre lluvias vespertinas, sabores a pátina y unos minutos para respirar otro aire, me volví alguien diferente. La vida es tan diferente, aunque es la mía, la misma, la de siempre.
Definitivamente, de bueno humor me pone estar un poco lejos. El tiempo suficiente como para no extrañar, pero sí para despercudirme de la rutina.
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mayo 15, 2009
Consulta médica gratuita
Estas últimas semanas han sido de muchísimo trabajo. La verdad no he tenido ni un momento para respirar. Cuando todo mundo estaba siendo cuidadoso de no salir, de no ir a lugares concurridos, de no tener contacto directo con otros; yo estaba observando las mismas medidas pero por cuestiones de trabajo. Estuve encerrada aquí en mi oficina, viendo cómo el día se le escapaba a mi ventana, hasta que volvía a encontrarlo.
El único día que tomé fue uno de esos viernes de asueto y la verdad quedé horrorizada. Me urgía salir a cualesquier lugar: ir al cine, a cenar a un bonito lugar, tomar un café, comprar libros, lo que sea. Pero esta ciudad estaba muerta y junto con ella la diversión en el exterior.
Pero, ayer que decidí no hacer lo de siempre y seguir trabajando en la tarde, al ir a recoger unos materiales me topé con un médico que estaba prendado de una pantalla de televisión. Al parecer el fútbol lo tenía absorto. Él me asustó al gritar con emoción en un "casi gol" y él se asustó al notar que a quien quería abrazar no era su hijo, si no yo que cambié de lugar con él.
Después de este incidente todo fue risas. Le pregunté por el partido, por los participantes y por su afición. Él me preguntó por mi cara de cansancio y en un segundo me tomó la presión, la saturación de oxígeno y me dio un diagnóstico: usted es muy tranquila, su corazón está muy tranquilo... se me hace que le falta emoción, aunque sea con un partido de fútbol malo.
Me hizo reír y el resto de la tarde, pensé que una enfermedad que no me tocó, sí logró afectar a todo mi entorno, incluso a mí, que no la viví mas que en las noticias de madrugada.
Veré qué puedo hacer este fin de semana, antes de todas las bodas, para lograr que mi corazón palpite muy fuerte.
El único día que tomé fue uno de esos viernes de asueto y la verdad quedé horrorizada. Me urgía salir a cualesquier lugar: ir al cine, a cenar a un bonito lugar, tomar un café, comprar libros, lo que sea. Pero esta ciudad estaba muerta y junto con ella la diversión en el exterior.
Pero, ayer que decidí no hacer lo de siempre y seguir trabajando en la tarde, al ir a recoger unos materiales me topé con un médico que estaba prendado de una pantalla de televisión. Al parecer el fútbol lo tenía absorto. Él me asustó al gritar con emoción en un "casi gol" y él se asustó al notar que a quien quería abrazar no era su hijo, si no yo que cambié de lugar con él.
Después de este incidente todo fue risas. Le pregunté por el partido, por los participantes y por su afición. Él me preguntó por mi cara de cansancio y en un segundo me tomó la presión, la saturación de oxígeno y me dio un diagnóstico: usted es muy tranquila, su corazón está muy tranquilo... se me hace que le falta emoción, aunque sea con un partido de fútbol malo.
Me hizo reír y el resto de la tarde, pensé que una enfermedad que no me tocó, sí logró afectar a todo mi entorno, incluso a mí, que no la viví mas que en las noticias de madrugada.
Veré qué puedo hacer este fin de semana, antes de todas las bodas, para lograr que mi corazón palpite muy fuerte.
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abril 17, 2009
El vicio del facebook
Eso de las redes sociales ha cautivado al mundo. A través de ellas me puedo enterar de lo que pasa con mis amistades (sin importar en que parte del mundo estén), aún de mejor manera que si mantuviera una conversación informativa con cualquiera. Pero a su vez, esa cercanía genera roces que aún no sé bien cómo manejar.
Algo que me tiene intrigada es la capacidad de acoso que se puede generar. Me considero una mujer curiosa, que le gusta jactarse de ser un poco perspicaz. Y esto del facebook lo único que ha hecho es convertirse en una herramienta del mal, pero invaluable para saber dónde estuvieron, con quién, qué comieron, hasta qué hora se desvelaron y si al día siguiente fueron a trabajar.
También la uso para la sana diversión, porque me sorprendo con una sonrisa al ver que me etiquetan en fotografías muy viejitas o en fotografías del día anterior, de las cuáles no me di por enterada. Sobre todo, me complace usarlo para ver fotografías de bodas. Bodas de gente que no conozco, o de amigos que no frecuento, o de familiares muy lejanos. Bodas a la usanza tradicional, bodas muy estrafalarias, bodas orientales o con rituales mayas.
Me entretiene leer las frustraciones diarias de otros y sus deseos más fútiles; estar segura de que tal persona odia su trabajo y que otra más ha terminado definitivamente con su pareja de tantos años.
Sin embargo, la diversión más grande, es enterarse de la vida de aquellos que no son nuestros "amigos". El estar hurgando entre comentarios para ver si alguno nos da la entrada a una fotografía que muestre lo que esa persona hizo el fin de semana; saber si está más gordo; poder localizar a sus amigos; conocer su estatus marital. En fin, todo un trabajo de espionaje de fino ajuste para que el otro no se entere que tenemos una apremiante necesidad de conocer lo que el facebook pueda revelar.
Y cada que me descubro acosando a alguien, o que ayudo a una amiga a hacerlo, digo que no lo volveré a hacer, que eso es la mayor pérdida de valiosos minutos, de respeto y de buenos modales. Sin embargo, de manera invariable, todas las noches regreso al vicio y no puedo conciliar el sueño hasta después de haber visto la actualización de status de mis amigos, si aparecí en las fotos de fin de semana y si tal persona ya regresó de vacaciones. Y en la mañana muy temprano, junto con el despertador, vuelvo a revisar que el mundo del facebook no haya cambiado mucho entre 1:00 y 5:30 de la mañana. Esto es un vicio con el que ya no puedo, pero definitivamente no voy a dejar.
Etiquetas: minutos, para una amiga
marzo 05, 2009
Las anécdotas de vida
Hay cosas que hago nada más para tener una anécdota en la vida. Cosas que no son trascendentes, pero que me dan material para contar y recordar con gusto, como por ejemplo, la vez que tomé un avión, antes de llegar a la veintena de edad, sólo por ir a otro lugar y regresar el mismo día, sin decirle a alguien.
Pero también, hay anécdotas que escribo, para que se vuelvan trascendentes, para que exista la constancia de que las cosas sucedieron y que otros se puedan reír como lo hice yo. Tal es el caso de lo que me sucedió días atrás.
La vida de rutinas que me he fabricado, de vez en vez me da un descanso y me permite salir, ir al cine a deshoras, cenar y hacer las cosas que me gustan, sin que estén planeadas. Pues bien, uno de esos días de sorpresa, recibí una invitación para salir, que gustosamente acepté. Por cuestiones del clima y la comodidad opté por cambiarme de ropa. Pero como el suéter que me gusta, estaba sucio, lo metí rápidamente a lavar y luego a la secadora. No bien se escuchó la señal de que se estaba lista la ropa, llegaron a por mí.
Apresuradamente me puse el suéter y salí con una gran sonrisa. Llegué al cine más temprano de lo esperado y me senté a tomar un café y a conversar con mi compañía. Vimos una película medianamene buena y luego fuimos a cenar.
No sé, me dio la impresión de que todo tenía un ambiente más jovial, la gente sonreía, los meseros nos atendían de mejor humor, hasta se empezó a sentir un calorcillo que me dieron ganas de quitarme el suéter, pero no lo hice, porque el clima es voluntarioso y no vale la pena retarlo.
Una noche encantadora llena de risas y momentos agradables, que terminó cuando regresé a la casa y, sin encender la luz (para no molestar a los demás), me desvestí y me metí entre las sábanas. A la mañana siguiente me levanté un poco más tarde de lo habitual, así que corrí para alistarme. Como no encontré el saquito adecuado para mi falda, me puse el mismo suéter con el que había salido la noche anterior. Y todo volvió a la normalidad, el tráfico, las luces, el banco, el café, etc, etc.
Pero, llegando a mi oficina, uno de mis compañeros de trabajo soltó una contagiosa carcajada cuando me vio. Yo me reí con desconcierto, pero la musicalidad de su voz estaba dotada con tanta algarabía, que no me quedó más remedio que soltar una genuina carcajada.
Cuando por fin él pudo hablar, pasó su mano por mi espalda y me despegó UN CALCETÍN A RAYAS GRISES que traía pegado en el suéter por la estática. Durante toda la tarde anterior y toda la mañana anduve con UN CALCETÍN PEGADO.
Imagino lo alegre que habrá sido la jornada de trabajo para los señores del cine y los meseros; para la gente de espera en el banco y para el muchacho del café. Todo por un descuido, todo por la estática, todo por un calcetín que se entremetió donde no le convenía.
Y desde ese día reviso minuciosamente mi ropa antes de ponérmela. No vaya siendo que un buen día termine saliendo con ropa adecuada, pero "accesorios" inapropiados.
Pero también, hay anécdotas que escribo, para que se vuelvan trascendentes, para que exista la constancia de que las cosas sucedieron y que otros se puedan reír como lo hice yo. Tal es el caso de lo que me sucedió días atrás.
La vida de rutinas que me he fabricado, de vez en vez me da un descanso y me permite salir, ir al cine a deshoras, cenar y hacer las cosas que me gustan, sin que estén planeadas. Pues bien, uno de esos días de sorpresa, recibí una invitación para salir, que gustosamente acepté. Por cuestiones del clima y la comodidad opté por cambiarme de ropa. Pero como el suéter que me gusta, estaba sucio, lo metí rápidamente a lavar y luego a la secadora. No bien se escuchó la señal de que se estaba lista la ropa, llegaron a por mí.
Apresuradamente me puse el suéter y salí con una gran sonrisa. Llegué al cine más temprano de lo esperado y me senté a tomar un café y a conversar con mi compañía. Vimos una película medianamene buena y luego fuimos a cenar.
No sé, me dio la impresión de que todo tenía un ambiente más jovial, la gente sonreía, los meseros nos atendían de mejor humor, hasta se empezó a sentir un calorcillo que me dieron ganas de quitarme el suéter, pero no lo hice, porque el clima es voluntarioso y no vale la pena retarlo.
Una noche encantadora llena de risas y momentos agradables, que terminó cuando regresé a la casa y, sin encender la luz (para no molestar a los demás), me desvestí y me metí entre las sábanas. A la mañana siguiente me levanté un poco más tarde de lo habitual, así que corrí para alistarme. Como no encontré el saquito adecuado para mi falda, me puse el mismo suéter con el que había salido la noche anterior. Y todo volvió a la normalidad, el tráfico, las luces, el banco, el café, etc, etc.
Pero, llegando a mi oficina, uno de mis compañeros de trabajo soltó una contagiosa carcajada cuando me vio. Yo me reí con desconcierto, pero la musicalidad de su voz estaba dotada con tanta algarabía, que no me quedó más remedio que soltar una genuina carcajada.
Cuando por fin él pudo hablar, pasó su mano por mi espalda y me despegó UN CALCETÍN A RAYAS GRISES que traía pegado en el suéter por la estática. Durante toda la tarde anterior y toda la mañana anduve con UN CALCETÍN PEGADO.
Imagino lo alegre que habrá sido la jornada de trabajo para los señores del cine y los meseros; para la gente de espera en el banco y para el muchacho del café. Todo por un descuido, todo por la estática, todo por un calcetín que se entremetió donde no le convenía.
Y desde ese día reviso minuciosamente mi ropa antes de ponérmela. No vaya siendo que un buen día termine saliendo con ropa adecuada, pero "accesorios" inapropiados.
Etiquetas: minutos
febrero 25, 2009
Los períodos de abstiencia y los finales felices
Durante el tiempo que tomé para dejar el café, pasaron muchas cosas. Cosas que no entiendo y que me resisto a comprender. Mientras no tomé café, la lluvia decidió no llegar, cosa que yo esperaba a pesar de los pronósticos.
Por eso decidí que los períodos de abstinencia a mí no me llevan a nada bueno. Eso sí, lo disfruté. Fue un placer completamente egoísta. Y me encantó que el final y su celebración con la mejor compañía imaginada. En una secuencia teatro-cena-vino-café y mucha conversación.
Mis días ahora comienzan con humeantes tazas blancas y su consabido interior negruzco; y terminan con un sabor penetrante, amargo... con un sabor de minutos felices, pero con un dejo de ausencia que no sé cómo llenar.
Por eso decidí que los períodos de abstinencia a mí no me llevan a nada bueno. Eso sí, lo disfruté. Fue un placer completamente egoísta. Y me encantó que el final y su celebración con la mejor compañía imaginada. En una secuencia teatro-cena-vino-café y mucha conversación.
Mis días ahora comienzan con humeantes tazas blancas y su consabido interior negruzco; y terminan con un sabor penetrante, amargo... con un sabor de minutos felices, pero con un dejo de ausencia que no sé cómo llenar.
febrero 06, 2009
El culpable de la culpa
Son los ímpetus de las pasiones, deslizadores de la cordura, y allí es el riesgo de perderse.
Baltasar Gracián
Hay minutos en que me siento vieja. Hay minutos en que me molesta que se disturbe mi rutina. Hay minutos en que me doy por enterada de que no soy una mozuela que tenga todo el permiso de equivocarse y lograr la pronta reivindicación. Hay minutos en que me pesa tener la edad que tengo y estar apostada dónde estoy y cómo estoy, en esta parodia de disoluta actuación infantil y de imperceptible madurez.
Sin embargo, también hay mañanas completas en que me levanto con un brío que me hace creer que tengo de vuelta 16 años y que si yerro lo único que hay que hacer para sanar al corazón es llorar hasta la siguiente sonrisa. Momentos en que cuando llega el alba, un aire de vehemencia hace presa de mí y me siento capaz de correr hasta que mis pies se despeguen de este suelo sin saber a dónde voy a llegar; me siento capaz de amar sin que importe otra cosa, de besar hasta que se me desgaste la noche y la intención.
Hay tardes en que me recorre un impulso, un ardor que me nubla por completo y me hace actuar con toda esa pasión que da la inexperiencia, pero con la frialdad que he adquirido con los años; con una planeación y exactitud que me extrañan porque a lo único que me llevan es a la perfidia contra mí misma.
Y al llegar la noche, después del ímpetu y revuelo de todo mi día, cuando pongo la cabeza en la almohada y el cuerpo entre las sábanas recién cambiadas, el ansia no me deja dormir. Me acosa la desesperación, la culpa por actuar de esa manera desbocada que me lleva a perder la cordura. Pero la cordura también me molesta, murmura en mi oído que es ella quien no me permite ser más libre y más feliz.
Al final de cuentas, el ímpetu es el culpable de todo. Mi cordura no tendrían atisbo de duda, si no hubiera algo que le encendiera la sangre y la hiciera deslizarse hasta la perdición en la que, por instantes, me siento inmersa. La culpa de la culpa no es mía, así que me sentiré menos culpable por la culpa que tengo, pero que no me pertenece.
Y cuando llego a estos dilemas, me doy cuenta de que no estoy tan envejecida. Alguien viejo no tendría problema en resolver los hechos de la vida. Es más, no tendría que resolverlos. Simplemente los viviría. Hay días completos en que me gustaría ser vieja y no sólo sentirme como tal. Me gustaría sólo por un minuto perderme en la emoción del día a día y no en la esperanza del mañana.
Sin embargo, también hay mañanas completas en que me levanto con un brío que me hace creer que tengo de vuelta 16 años y que si yerro lo único que hay que hacer para sanar al corazón es llorar hasta la siguiente sonrisa. Momentos en que cuando llega el alba, un aire de vehemencia hace presa de mí y me siento capaz de correr hasta que mis pies se despeguen de este suelo sin saber a dónde voy a llegar; me siento capaz de amar sin que importe otra cosa, de besar hasta que se me desgaste la noche y la intención.
Hay tardes en que me recorre un impulso, un ardor que me nubla por completo y me hace actuar con toda esa pasión que da la inexperiencia, pero con la frialdad que he adquirido con los años; con una planeación y exactitud que me extrañan porque a lo único que me llevan es a la perfidia contra mí misma.
Y al llegar la noche, después del ímpetu y revuelo de todo mi día, cuando pongo la cabeza en la almohada y el cuerpo entre las sábanas recién cambiadas, el ansia no me deja dormir. Me acosa la desesperación, la culpa por actuar de esa manera desbocada que me lleva a perder la cordura. Pero la cordura también me molesta, murmura en mi oído que es ella quien no me permite ser más libre y más feliz.
Al final de cuentas, el ímpetu es el culpable de todo. Mi cordura no tendrían atisbo de duda, si no hubiera algo que le encendiera la sangre y la hiciera deslizarse hasta la perdición en la que, por instantes, me siento inmersa. La culpa de la culpa no es mía, así que me sentiré menos culpable por la culpa que tengo, pero que no me pertenece.
Y cuando llego a estos dilemas, me doy cuenta de que no estoy tan envejecida. Alguien viejo no tendría problema en resolver los hechos de la vida. Es más, no tendría que resolverlos. Simplemente los viviría. Hay días completos en que me gustaría ser vieja y no sólo sentirme como tal. Me gustaría sólo por un minuto perderme en la emoción del día a día y no en la esperanza del mañana.
enero 28, 2009
Las notitas de primaria
El día de hoy me siento como una niña de primaria, de esas que se atreve a mandarle una notita al niño que le gusta diciéndole que si quiere ser su novio.
El día de hoy me sudan las manos y mi corazón está agitado.
El día de hoy, quisiera recuperar la notita, doblarla en mil pedacitos y tragármela. Dicen que el papel es siempre más dulce que las palabras.
El día de hoy volví a tener 10 años, con la diferencia de que al timbrar la campana no se acaba el capítulo. Yo no me acuerdo qué pasaba al día siguiente, cuando veías a los ojos al que ya no te gustaba. Pero ahora, 20 años después, sé que mañana todavía me voy a acordar de que hoy hice algo parecido a enviarle una notita al niño que me gusta, sin la certeza de verlo al día después. Y sin la certeza de que mañana no me va a gustar.
El día de hoy me sudan las manos y mi corazón está agitado.
El día de hoy, quisiera recuperar la notita, doblarla en mil pedacitos y tragármela. Dicen que el papel es siempre más dulce que las palabras.
El día de hoy volví a tener 10 años, con la diferencia de que al timbrar la campana no se acaba el capítulo. Yo no me acuerdo qué pasaba al día siguiente, cuando veías a los ojos al que ya no te gustaba. Pero ahora, 20 años después, sé que mañana todavía me voy a acordar de que hoy hice algo parecido a enviarle una notita al niño que me gusta, sin la certeza de verlo al día después. Y sin la certeza de que mañana no me va a gustar.
enero 20, 2009
Sobre el amor
Cualquier muchacho de escuela puede amar como un loco. Pero odiar, amigo mío, odiar es todo un arte.No había pensado antes que se pudiera hacer un arte de los sentimientos. Sé que el sentimiento es lo que hace un arte, pero no que el sentimiento sea arte en sí.
Ogden Nash
Creo que nunca he odiado. He sentido rencor, recelo, pero odio jamás. Prueba de que no soy refinada en nada, ni siquiera en la pureza de los sentimientos. Quizá que es porque ya se me pasó la época de escuela, donde amar como un loco era cuestión de todos los días.
Como dice Benedetti, quizá soy una "vieja prematura, que ha dejado que le maten el amor". Y si he dejado que lo maten, me han matado la posibilidad de hacer arte con el odio.
No quiero odiar, quizá ni siquiera quiero amar.
En fin, un minuto más de vagas reflexiones que no llegan a ningún lado.
Etiquetas: minutos
enero 16, 2009
Un día no muy agradable, pero con final a limón
Ayer fue un día de esos en que las cosas no están mal, pero hay algo que te hace sentir ligeramente incómodo.
Ayer no fue un día muy feliz, pero vino a terminar con una agradable conversación y un poco de sabor limón que aligeró mis minúsculas penas.
Gracias por ponerle el ácido sabor a mis minutos. Aunque no fui la mejor conversadora de este mundo, ni la mujer más brillante, ni la más divertida, llegué en la noche a mi casa y sonreí después de todos los eventos desafortunados.

Ayer no fue un día muy feliz, pero vino a terminar con una agradable conversación y un poco de sabor limón que aligeró mis minúsculas penas.
Gracias por ponerle el ácido sabor a mis minutos. Aunque no fui la mejor conversadora de este mundo, ni la mujer más brillante, ni la más divertida, llegué en la noche a mi casa y sonreí después de todos los eventos desafortunados.

enero 14, 2009
Minutos en movimiento
Por primera vez tengo el interés en mostrarle a alguien mis minutos en movimiento. Es todo un día, pero al fin y al cabo Minutos en Blanco y Negro.
Etiquetas: minutos
diciembre 20, 2008
Tengo un amor secreto del que nunca hablo. Y anoche le susurré cosas al oído, le confesé todo lo que podía confesarle en 1 minuto con 53 segundos. Pero mi amor escondido se quedó en eso, en la idea de que le confiaba lo más recóndito de mi corazón, pero no que se lo decía para sí.
Tengo un amor secreto del que nunca hablo. Y anoche le susurré cosas al oído.
Anoche mi amor secreto enmudeció.
Anoche me di cuenta que lo que tengo es nada. Soy dueña de nada. Tengo un amor de nada. Me ama nada. Me llamaré de ahora en adelante Nada.
Tengo un amor secreto del que nunca hablo. Y anoche le susurré cosas al oído.
Anoche mi amor secreto enmudeció.
Anoche me di cuenta que lo que tengo es nada. Soy dueña de nada. Tengo un amor de nada. Me ama nada. Me llamaré de ahora en adelante Nada.
Etiquetas: minutos
diciembre 16, 2008
Siento como una astilla en el corazón
Hay cierto tipo de sucesos que no duelen, no lastiman, pero molestan. No sé realmente en qué consiste eso de que uno se pueda sentir trastocado por eventos minúsculos que en la vida no significan algo. Pero allí están, igual que una uña mal limada o la encía ligeramente inflamada. Uno no se va a morir de ello, ni siquiera llegan a ser una enfermedad mortal o un dolor importante. No es algo que deba llamar la atención, pero aparece como gotera continua. Minuto a minuto tortura, hace sentir mal, recuerda como chirrido lejano. Y no es nada.
Y sólo es hoy. Sólo por hoy me voy a dejar sentir como si las lágrimas estuvieran a punto de salir, con todo el rostro congestionado, con los ojos irritados y la boca fruncida; pero no brotan, porque no me siento tan triste. Sólo hoy no voy a inquirir al cajero del supermercado que se rió de mí sin razón alguna. Sólo hoy dejaré que el día pase entre numereríos y estadísticas de cierre de año. Bien me sentiría si mi ligera angustia fuera por cuestiones de trabajo. El trabajo lo controlo, los pensamientos los controlo, los sentimientos los acallo... pero ¿y los malestares? ¿Qué se hace cuando uno no es un experto en tranquilizar al espíritu? ¿Qué placebo tomar? ¿Existen aspirinas para molestillas emocionales?
No lo sé. Por lo pronto, puedo aseverar que un poco de helado no me quitó la incomodidad.
Mi mañana empezó así, después de una noche de haber comido de más quizá. Y de nuevo pienso en que me encantaría encontrar ese fragmento de las letras de Dickens donde mencionan los estragos que puede hacer una mala comida en el estado de ánimo. Quizá esa pequeña obsesión me quite las ganas que tengo de sentirme mal.
Pero, cuando se vaya este ligero desasosiego, seré feliz. Feliz porque vienen los días de estar en la cocina y disfrutando de las tareas mecánicas de la época de celebración. Feliz porque en mi casa hay bizcochos, natillas, dulces de leche y muchas nueces. Feliz porque hace fresco y tengo dos libros nuevos que leer. Sólo es cuestión de esperar a que se me salga esa pequeña astillita que tengo en el corazón.
Y sólo es hoy. Sólo por hoy me voy a dejar sentir como si las lágrimas estuvieran a punto de salir, con todo el rostro congestionado, con los ojos irritados y la boca fruncida; pero no brotan, porque no me siento tan triste. Sólo hoy no voy a inquirir al cajero del supermercado que se rió de mí sin razón alguna. Sólo hoy dejaré que el día pase entre numereríos y estadísticas de cierre de año. Bien me sentiría si mi ligera angustia fuera por cuestiones de trabajo. El trabajo lo controlo, los pensamientos los controlo, los sentimientos los acallo... pero ¿y los malestares? ¿Qué se hace cuando uno no es un experto en tranquilizar al espíritu? ¿Qué placebo tomar? ¿Existen aspirinas para molestillas emocionales?
No lo sé. Por lo pronto, puedo aseverar que un poco de helado no me quitó la incomodidad.
Mi mañana empezó así, después de una noche de haber comido de más quizá. Y de nuevo pienso en que me encantaría encontrar ese fragmento de las letras de Dickens donde mencionan los estragos que puede hacer una mala comida en el estado de ánimo. Quizá esa pequeña obsesión me quite las ganas que tengo de sentirme mal.
Pero, cuando se vaya este ligero desasosiego, seré feliz. Feliz porque vienen los días de estar en la cocina y disfrutando de las tareas mecánicas de la época de celebración. Feliz porque en mi casa hay bizcochos, natillas, dulces de leche y muchas nueces. Feliz porque hace fresco y tengo dos libros nuevos que leer. Sólo es cuestión de esperar a que se me salga esa pequeña astillita que tengo en el corazón.
Etiquetas: minutos
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